La quinta de Teodoro Germain, una joya histórica que sigue en pie en Ingeniero Maschwitz

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En Ingeniero Maschwitz hay construcciones que guardan mucho más que paredes antiguas. Son testigos silenciosos de una época en la que la localidad comenzaba a definir su identidad, con grandes propiedades, parques arbolados y residencias que hoy forman parte de su patrimonio histórico. Entre ellas se destaca la quinta de Teodoro Germain, una de las fincas más atractivas y singulares de la ciudad.

Su historia se remonta a los festejos del Centenario de la Revolución de Mayo, en 1910. Según reconstruye el libro Ingeniero Maschwitz, de Juan Pablo Beliera, algo de la historia de mi pueblo y su gente, la firma Chandon, representante del reconocido champán francés, había levantado en Palermo una réplica a menor escala de un castillo ubicado en la región de Champaña, en Francia, célebre por sus vinos espumosos.

Para aquella construcción se trajeron especialmente desde Francia materiales y elementos arquitectónicos: techos, ornamentaciones, columnas, puertas, ventanas, rejas, macetones, mármoles, pisos y mayólicas. Una obra singular que, una vez concluidos los festejos del Centenario, encontraría un nuevo destino lejos de la ciudad de Buenos Aires.

De Palermo a Ingeniero Maschwitz

Alrededor de 1911, don Teodoro Germain, gerente de la empresa Chandon, adquirió aquella construcción con la intención de desarmarla y trasladarla a Ingeniero Maschwitz. La propiedad original ocupaba una manzana delimitada por las calles Chacabuco, Corrientes, Ituzaingó y Santa Fe, con un parque de aproximadamente 1.200 metros cuadrados, de acuerdo con la publicación histórica.

El traslado y la instalación de semejante edificación dieron origen a una quinta señorial, cuya presencia contrastaba con el paisaje de una localidad que todavía estaba lejos de adquirir su fisonomía actual.

Con el paso del tiempo, la propiedad cambió de manos y también de destino. Según los testimonios recopilados por Beliera, Germain vendió la finca a un hombre de apellido Bouquet, quien falleció dejando una hija menor de edad como heredera. La tutela de la niña y la administración de sus bienes quedaron en manos del doctor Rodolfo Ramos Onetto, abogado vinculado a la política y que durante el gobierno de Hipólito Yrigoyen se desempeñó como embajador en Italia.

Aquella relación familiar y el uso de la casa por parte de los Ramos Onetto durante años alimentaron una confusión que perduró en el tiempo: hubo quienes llegaron a considerar que la propiedad pertenecía legítimamente a esa familia.

Una casa ligada a Hipólito Yrigoyen

La quinta también quedó asociada a la figura de Hipólito Yrigoyen, dos veces presidente de la Nación y uno de los dirigentes fundamentales de la historia política argentina.

De acuerdo con el testimonio de Ricardo Trasande citado en el libro, la familia Ramos Onetto mantenía una relación muy cercana con el caudillo radical. Durante los períodos en que ocupó la Presidencia, Yrigoyen frecuentaba la residencia e incluso contaba allí con su propio sillón de descanso.

Esa presencia no pasó inadvertida para sus adversarios políticos. Durante su segundo mandato, en un contexto de fuertes enfrentamientos, la oposición comenzó a referirse a la casa como “la covacha”, en alusión a la cueva donde se escondía el “Peludo”, el apodo con el que se conocía al expresidente.

La historia de la quinta no se limita, sin embargo, a los nombres de la política nacional. El libro también menciona las visitas del doctor Roberto Ortiz, quien sería presidente de la Nación entre 1938 y 1942 y era familiar directo de Dolores Acassuso, esposa de Rodolfo Ramos Onetto.

Así, una residencia ubicada en una localidad en crecimiento se convirtió en punto de encuentro de personajes vinculados a los círculos políticos de la primera mitad del siglo XX.

La casa está ubicada en Corrientes y Chacabuco.

De residencia señorial a escenario de bailes populares

Con los años, la propiedad atravesó nuevas transformaciones. La manzana original fue subdividida y sus lotes se vendieron por separado. La casa quedó abandonada durante un largo período, hasta que, entre 1956 y 1958, volvió a tener vida social de una manera muy distinta a la de sus primeros tiempos.

Por entonces fue utilizada como sede social y pista al aire libre del Club Social y Deportivo Barrio Parque. Allí se realizaban concurridos bailes populares que convocaban a vecinos de la zona.

De aquella etapa quedó una denominación que sobrevivió en la memoria popular: “La Cambicha”. El nombre remitía al célebre chamamé “El rancho de la Cambicha”, popularizado por Antonio Tormo, y quedó asociado a aquellos encuentros de música y baile.

La antigua quinta había pasado de ser una residencia señorial a convertirse en un espacio de reunión para la comunidad. Una transformación que refleja también los cambios sociales y urbanos que atravesó Ingeniero Maschwitz durante el siglo pasado.

Un patrimonio que todavía puede admirarse

Hoy, la propiedad ya no conserva la extensión del terreno original. La manzana fue subdividida y el entorno urbano se transformó con el crecimiento de la localidad. La quinta quedó reducida a una porción de aquella superficie original, en la esquina de Chacabuco y Corrientes. Sin embargo, la construcción continúa en pie y mantiene una presencia que la distingue.

Su valor no reside únicamente en la arquitectura o en los elementos que remiten a su origen francés. También está en la sucesión de historias que se fueron acumulando en sus ambientes: el traslado desde Palermo, la vida de sus primeros propietarios, las visitas de figuras políticas, los años de abandono y las noches de bailes populares.

Para cualquier persona que pase por allí, sea un vecino de toda la vida o un turista que recorre Ingeniero Maschwitz, resulta casi imposible no levantar la vista y detenerse a admirarla. La casa, el predio que la rodea y sus árboles conforman una postal singular, de esas que conservan una belleza propia aun cuando todo a su alrededor cambia.

En una ciudad que sigue creciendo y modificando su paisaje, la quinta de Teodoro Germain constituye uno de esos lugares que invitan a mirar más allá del presente. Sus muros recuerdan que Ingeniero Maschwitz tiene una historia que merece ser conocida, documentada y preservada.

Porque detrás de una fachada que todavía conserva su belleza hay mucho más que una antigua casa: hay un fragmento de la memoria de todo un pueblo.

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