“Vine para dar una mano por un mes y terminé quedándome 43 años”
Julio José Mujica está al frente de Vidriería Mujica, el comercio que comenzó en 1983 sobre la avenida Villanueva y que hoy funciona sobre Córdoba. Amante de la música y del radicalismo, coleccionista de estampillas, billetes y monedas y apasionado por la historia, también fue carpintero, tuvo una banda y encontró en la fabricación de cuadros otro de sus refugios. A lo largo de más de cuatro décadas, vio crecer y transformarse a Ingeniero Maschwitz, atravesó crisis económicas, cambios tecnológicos y hasta una sucesión familiar que terminó llevando el negocio a una nueva generación.
Hay historias que empiezan casi sin querer. No hay un gran proyecto detrás, ni un plan a largo plazo. Apenas una invitación, una oportunidad y la promesa de que será algo transitorio.
La de Julio José Mujica empezó así.
En agosto de 1983, cuando todavía faltaban algunos meses para el regreso de la democracia, Mujica trabajaba como carpintero. Había aprendido el oficio desde chico y, de hecho, a los 14 años ya había comenzado a trabajar. También había pasado por una cerrajería y conocía buena parte de los oficios vinculados a la madera y los muebles.

Por entonces, un conocido suyo, José Raya, insistía para que se sumara a una vidriería de Villanueva. Se conocían de Acción Católica y el vecino quería convencerlo de que se incorporara al negocio. Mujica no sabía prácticamente nada de vidriería, pero aceptó darle una mano mientras aparecía otra persona.
La idea era que durara un mes.
“Me presenté ahí el lunes a las 8 y media de la mañana a ver lo que hacía e iba a ser por un mes. Pasaron 40 años. Más de 40 años”, recordó entre risas.
Hoy, cuando se mira hacia atrás, aquel “mes” ya se convirtió en 43 años.
De la carpintería al vidrio
La historia de Mujica no comenzó con el vidrio. Su vínculo con los oficios venía de mucho antes. Se crio cerca de la carpintería y la cerrajería y llegó a trabajar junto a los Vitelli, una familia conocida en el rubro de la carpintería, además de otros compañeros con quienes hacía muebles.

En aquella época estaban de moda los muebles de algarrobo. Mujica recuerda aquella etapa con especial cariño y todavía conserva algunos de esos muebles. “Todo era de algarrobo”, cuenta al recordar aquellos años en los que las casas se llenaban de mesas y sillas de madera maciza.
Con el tiempo, la moda cambió. Llegaron otros materiales, el aglomerado, muebles más livianos y productos que, según su mirada, no tienen la misma durabilidad.
Pero él tampoco se quedó quieto.
Cuando la vidriería todavía no tenía suficiente trabajo, comenzó a fabricar cuadros y murales. Su formación como carpintero le permitía trabajar con madera, hacer marcos y combinar ese oficio con el vidrio.
Incluso armó dentro del actual espacio de trabajo un pequeño rincón que todavía identifica como propio: su taller de carpintería.
“Me gusta trabajar con la carpintería”, explica.
Es una frase que sirve para entender bastante de su personalidad. A Mujica le cuesta quedarse con una sola cosa. A lo largo de su vida fue vidriero, carpintero, cerrajero, fabricante de cuadros, comerciante y también coleccionista. Y siempre encontró una nueva actividad para ocupar las manos y la cabeza.

Una vidriería que atravesó cuatro décadas
Vidriería Mujica comenzó a funcionar en 1983 sobre la avenida Villanueva, a metros de Corrientes. Allí permaneció durante décadas, atravesando gobiernos, crisis económicas, cambios en los hábitos de consumo y transformaciones profundas en la localidad.
Mujica tiene una particularidad que le permite hablar de esos cambios desde un lugar muy concreto: durante todos esos años trabajó de cara a la calle y recorrió buena parte de Maschwitz entrando a casas, quintas, escuelas y comercios.
También fue testigo de los cambios económicos del país.
La hiperinflación de fines de los 80 lo golpeó fuerte. Por entonces había ampliado su actividad hacia la ferretería y la venta de herrajes, aprovechando que conocía a carpinteros y herreros de la zona. Pero aquella crisis terminó llevándose buena parte de lo construido.
Después llegó el menemismo, el uno a uno y una etapa de estabilidad que, recuerda, permitió trabajar durante varios años con mayor previsibilidad.
Y luego llegó 2001.
“Dos años trabajando sin cobrar un mango”
La crisis de 2001 fue uno de los momentos más duros de su historia comercial.
En el año 2000 había decidido comprar el terreno donde actualmente funciona el negocio. Lo hizo con cheques y, cuando llegó la devaluación, aquellos compromisos se volvieron prácticamente imposibles de afrontar.
“Yo en el 2000, cuando compré este terreno, me fundí”, recuerda.
Había comprado el terreno por unos 8.000 dólares y había entregado cheques por cuotas. El primero volvió rechazado. Después, según su propio relato, comenzaron a volver los siguientes “como el trencito”.
La consecuencia fue inmediata: tuvo que vender prácticamente todo lo que tenía en el negocio para poder responder.
“Volvió a empezar de cero todo. Pero bueno, teníamos el terreno.”
La salida no fue rápida. Durante dos años trabajó para pagar las deudas y, según cuenta, prácticamente no retiró dinero para él.
“Dos años laburando sin cobrar un mango.”

Lo que le permitió sobrevivir fue también algo que considera fundamental en su trayectoria: la relación con sus proveedores, que aceptaron esperar y le dieron tiempo para recuperarse.
Por eso hoy, cuando habla con su hijo, que ya maneja buena parte del negocio, hay una enseñanza que repite: la palabra.
“Lo que vos mejor tenés es tu palabra. Tu palabra vale más que cheques, documentos, plata, todo.”
El negocio y los hijos
La relación entre padres e hijos aparece varias veces a lo largo de la conversación.
Su hijo comenzó a acompañarlo desde muy chico. Mujica recuerda que cuando tenía apenas ocho años ya lo llevaba al trabajo y que, con el tiempo, conoció prácticamente todos los movimientos del negocio.
Cuando terminó la escuela decidió no continuar estudiando y quedarse a trabajar con su padre.
Los primeros meses no fueron fáciles. “Es muy difícil trabajar con los hijos, con los padres”, reconoce.
Durante un tiempo funcionaron casi como perro y gato. Hasta que encontraron una manera de complementarse.
Mujica decidió entonces correrse un poco de la actividad cotidiana y dedicarse a aquello que siempre había querido hacer: los cuadros, la carpintería y otras tareas más tranquilas, como una forma de prepararse para una futura jubilación.
Pero la realidad económica volvió a ponerlo detrás del mostrador.
En 2013, con el aumento de la inflación y las dificultades que atravesaba el negocio, regresó a la actividad en el local de Villanueva. Padre e hijo volvieron a trabajar juntos y, con el tiempo, encontraron una dinámica que les permitió complementarse.
Hoy el manejo cotidiano está mucho más en manos de la nueva generación y Mujica puede mirar el negocio con otra perspectiva.

El vidrio también cambió
Aunque cuando habla de tecnología Mujica aclara que la vidriería no se transformó radicalmente, reconoce que existen herramientas que hicieron mucho más sencillo el trabajo.
Una de ellas es una mesa con cámara de aire que permite manipular vidrios pesados con mucho menos esfuerzo.
La diferencia se entiende cuando se intenta mover una placa de vidrio de seis o diez milímetros de espesor: algo que antes requería mucha fuerza y cuidado hoy puede hacerse con una herramienta que facilita enormemente el movimiento.
Durante varios años tuvo problemas de visión y llegó a tener un ojo con una visión prácticamente nula debido a una catarata. Eso lo obligó a dejar de cortar vidrios y a reducir algunas de sus tareas.
“Antes de hacer macanas, de hacer los trabajos mal, preferí dejar”, explica.
Finalmente se operó y recuperó buena parte de la visión. Ahora volvió a tener ganas de hacer cosas.
El Maschwitz que ya no está
Si hay un tema sobre el que Mujica puede hablar durante horas es Ingeniero Maschwitz.
Cuando empezó a trabajar, recorría la localidad en bicicleta. Entraba a quintas, visitaba casas y conocía a buena parte de sus propietarios.
Y recuerda otro Maschwitz. Un lugar con grandes terrenos, quintas y árboles enormes.
Durante años observó cómo esas propiedades se fueron subdividiendo. Los dueños originales murieron y sus herederos vendieron los terrenos. Las quintas se transformaron en lotes y, poco a poco, aquella arboleda fue desapareciendo.
“Tenían árboles enormes, era una belleza todo esto”, recuerda.
Ese proceso terminó involucrándolo también en cuestiones ambientales. En 2005 se incorporó a una asociación vinculada a la protección de los talares y durante casi una década participó de distintas actividades relacionadas con el cuidado de los árboles.
Su planteo era sencillo: si el progreso hacía inevitable retirar algunos árboles, había que intentar compensarlo plantando otros.

“Si sacás un árbol frente a tu casa, porque el progreso no se detiene”, plantea, “hay que ver cómo podés ir mitigando”.
La frase resume también su propia mirada sobre Maschwitz.
No reniega del crecimiento. Sabe que el pueblo cambió y que seguirá cambiando. Pero extraña aquella combinación de casas, quintas, árboles y espacios verdes que conoció cuando empezó a recorrer sus calles.
Y quizás por eso se siente tan identificado con la localidad. Su pueblo de origen, Pilar (Córdoba) también era un lugar verde, con quintas y frutales. En su memoria aparecen duraznos, peras, ciruelas, damascos e higueras.
Cuando volvió años después, también encontró un lugar transformado.
La música, las colecciones y la política
Hay otra parte de Mujica que no aparece necesariamente cuando uno entra a comprar un vidrio.
Es la del coleccionista, el amante de la historia y la música.
Colecciona estampillas, billetes y monedas. Le interesa la historia y puede pasar largos ratos hablando de personajes, acontecimientos y recuerdos que fue acumulando durante décadas.
La música también ocupa un lugar importante.
En su juventud llegó a tener una banda y recuerda la música de los años 60 como parte de aquella etapa de su vida. Entre sus recuerdos aparecen nombres de aquella época y, particularmente, su admiración por Palito Ortega, cuyas entrevistas dice haber visto infinidad de veces. De hecho, vino con unos amigos de Córdoba a Buenos Aires para grabar un disco. Se radicaron en Dique Luján e incluso podían vivir de la música. Hasta que el Rodrigazo los mató.
La política es otra de sus pasiones, aunque en este caso con una relación mucho más compleja.
Mujica es radical y lo ha sido durante buena parte de su vida. Se crio en una familia vinculada al comité y recuerda que la política formaba parte del ambiente cotidiano de su casa.
Su admiración por Arturo Illia aparece como una referencia permanente. Lo que rescata de aquella figura es, sobre todo, una determinada manera de entender la política y el ejercicio del poder.
Con los años, sin embargo, su relación con el radicalismo también tuvo desencantos. “Me peleé con todos”, cuenta en un momento de la charla.
Y aunque sigue identificándose con sus ideas, sostiene una postura que intenta trasladar incluso a su propia familia: se puede pensar distinto y seguir compartiendo.
En las reuniones familiares, cuenta, llegaron a un acuerdo: no hablar de política para evitar discusiones. Cada uno tiene su ideología y debe respetarse.
“Si no te adaptás, quedás afuera”
Después de 43 años, la Vidriería Mujica ya no es solamente un comercio.
Es una especie de punto de observación desde el que Julio José Mujica vio pasar buena parte de la historia reciente de Maschwitz.
La vidriería cambió de local. Cambiaron las herramientas. Cambió la manera de construir. Cambiaron los muebles, las casas, las calles y las quintas. Cambiaron los gobiernos, las monedas y las reglas del juego.

También cambió él.
Primero dejó algunas tareas porque la vista ya no se lo permitía. Después volvió a operarse. Más tarde empezó a correrse de la conducción cotidiana del negocio para dejarle lugar a su hijo.
Y así, casi sin darse cuenta, aquel trabajo que había aceptado “por un mes” terminó convirtiéndose en el oficio de toda una vida.
Hay una frase suya que probablemente explique mejor que ninguna otra cómo logró atravesar todos esos años:
“Si no te adaptás, quedás afuera. El tren pasa una vez y no lo tomás, te quedás en el andén.”
Julio Mujica se subió a aquel tren en 1983, casi de casualidad.
Cuarenta y tres años después, todavía sigue viajando.

