La Estancia, un emprendimiento familiar que se convirtió en un ícono en Maschwitz
Nació un 25 de mayo de 1963, aunque la idea se gestó mucho antes. Décadas después, La Estancia sigue firme en Mendoza y Colectora, lugar que se convirtió un polo gastronómico único para la zona, aunque el restaurante de los Fernández poco tenga que ver con lo que asentó en los últimos tiempos.
MEMORIA Y ARCHIVO
8/2/20264 min read


“No me gusta, para nada”, para en seco a este cronista una de las propietarias de La Estancia, al ser consultada por el auge de la calle Mendoza en los últimos años. “No son de acá, no dejan nada a mi pueblo. Yo lavo mi vereda, limpio, no pido nada a la Municipalidad”, añade Mabel, mientras da vuelta un vacío en la parrilla.
La Estancia no tiene cartel afuera, no tiene volantes en la vía pública, mucho menos Facebook (“No nos gusta eso”), pero todos los conocen. Al cruzar la puerta vaivén color verde se entra a otra dimensión, se retrocede en el tiempo. Atención personalizada, todos los alimentos caseros y a buen precio. “No cobramos servicio de mesa, preferimos tener buenos precios y buena calidad”, comentan. No necesitan promociones, el lugar siempre estará lleno.


Los hermanos Fernández, una familia unida por el trabajo y el esfuerzo
La madre llegó a estos pagos allá por 1951, oriunda de Gualeguaychú, instalándose en la casa de su tío Pombo, quien tenía pulpería ubicada en la vieja Ruta 9, a la altura del Km 43. El padre de los cinco Fernández vivía en Matheu y frecuentaba ese lugar.
Allí se conocieron y luego de un coro noviazgo se casaron, yéndose a vivir a Escobar, al campo de sus suegros, Francisca Mascaro y Hermenegildo Fernández). Allí se dedicaban al tambo, la cría de animales, a la siembra, y tenían también un horno de ladrillos.
De esa relación nacieron cinco hijos: Mabel, Haydee, Graciela, Hermenegildo y Miguel. Mientras los padres trababan, ellos eran cuidados por sus abuelos paternos.
“Mamá llevaba la leche a la estación de trenes de Ingeniero Maschwitz, donde se encontraban todos los tambos. Coca siempre recordaba que Don Gato y Ángel Vellia la ayudaban a bajar todos los tachos del carro y a cargarlos en el vagón lechero; nuestro padre se iba hasta Los Cachorros donde tenía una carnicería, ahí le ayudaba su cuñado, Daniel Stefani”, recuerdan los hermanos Fernández, en un libro familiar donde los comensales pueden firmar al visitar La Estancia.
La abuela Francisco los llevaba en el carro a la escuela en Escobar y mientras estudiaban ella hacía las compras en los comercios del Negro Mosconi, Montesano, Marciano y el Tuquito.


Un día patrio, nace La Estancia
En 1962, el matrimonio compra los terrenos ubicados en la vieja Ruta 9, en el Km. 44, esquina Mendoza. Otro era el tamaño, ya que antes de la llegada de la Panamericana, los límites llegaban hasta lo que hoy es Colectora Este.
Allí comienza la historia de La Estancia, nombre elegido en honor a la estancia Villanueva. Mientras Hermenegildo y Francisca levantaban el lugar, todos los hijos quedaban en Belén al resguardo de su abuela. Ya habría tiempo para ellos, era cuestión de esperar…
Cuando todo estuvo listo, Mabel y Haydee montaron a caballo y el resto de la familia en un carro se mudó a Maschwitz, donde comenzaba una de las historias más ricas del pueblo.
La Estancia abrió sus puertas un 25 de mayo de 1963, con un gran asado con cuero y vino. La familia trabajó arduamente y la clientela creció, tanto con gente de la zona como de lugares más alejados, que encontraban aquí un lugar donde se comía rico y se los atendía diferente.
La separación del matrimonio fundador no frenó el crecimiento del lugar. Haydee recibió la ayuda de su suegra Francisco y el apoyo de los hijos fue fundamental.


“Su legado no se pierde”
Por cosas de la vida, el alma mater de La Estancia se enferma y el 1° de septiembre de 2006 fallece. “Nos dejó físicamente, porque ella vive en éste, su lugar… La Estancia. Su legado no se pierde con sacrificio, día a día continuamos”, comentan sus hijos.
Un lugar diferente
La puerta de ingreso es por Colectora Este 2115, y aunque esté rodeado de parrillas, restaurantes y bares, La Estancia tiene historia, calidad en los alimentos, clientela fija y algo que no se encuentra en los comercios vecinos: mientras algunos lugares tienen sillas vacías, en lo de la familia Fernández muchos esperan para entrar. Como en un boliche de moda.
La ex pulpería, devenida en un restaurante único, tiene platos sencillos pero ricos: todo casero, lo que se les ocurra. Durante la semana hay un público de trabajadores que usan su tiempo libre para degustar algo sabroso, mientras que las familias y las parejas visitan La Estancia durante el finde. Aunque el púbico es variado, de todas las clases sociales y de cualquier ciudad. De todo, como en botica.
“Somos los únicos que quedamos. Cerró Popeye, Hans… ¡Hans! De no creer. Somos pioneros y aún estamos acá”, añaden Mabel y Haydee, mientras relojean las mesas. El lugar se está llenado, es martes al mediodía y los comensales tienen poco tiempo porque deben volver al trabajo. Es mejor que me vaya. Pero volveré a comer con la familia.
Gustavo García
PD: La nota fue publicada en la edición papel de febrero de 2019
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